Ahora vivo más cerca del sol, los amigos no saben el camino: es bueno ser así de nadie en las altas ramas, hermano del canto exento de algún ave de paso, reflejo de un reflejo, contemporáneo de cualquier mirada desprevenida, solamente este ir y venir con las mareas, ardor hecho de olvido, polvo dulce a la flor de la espuma, eso apenas.
Eugenio de Andrade (1923-2005)
(Este revelador poema es un regalo de Amparo, a la que doy las gracias, un poco más cerca del sol.)
07 MAYO 2009. TRÍPTICO
I
Me decías que nada existe: sólo la lenta aurora que camina, frágil, hasta tus párpados. Un frío torpe
se obstina en arrancar las mil veletas que amanecen contigo, que amanecen óxido invertebrado. A lo lejos
la danza turbia de la soledad.
II
La danza turbia de la soledad dicta tus actos, mana de las grietas como un veneno mudo.
El vigía lo sabe. El vigía orienta sus jornadas a la luz de una sonrisa, el hueco de unas manos
donde crezca la vida.
III
Donde crezca la vida habitará la palabra, tu verbo, el desafío. Penetrar en el mundo es la fórmula
para llegar a ti mismo, llegar al jardín apartado: tu recreo. Penetrar en el mundo...
Paseando por el blog Otras especies, de mi amiga Amparo –magnífica poeta a la que conocí en el verano de 2005– me he topado con un poema hermoso, amargo, arrollador:
Tendría que haber guardado una de aquellas fotos en las que aparecían los viejos amigos tumbados a la sombra del sol que cada uno daba al otro. Unos guiñando los ojos para ver, otros mostrando su perfil para no ser vistos. Tendría que haber guardado todas las cartas que entonces parecían sin sustancia. Con las fechas, que entonces parecían tan benignas. Tendría que haber conservado los teléfonos, las direcciones postales de las casas de sus padres, al menos el distrito de las grandes ciudades o el nombre de las pequeñas, los barrios o los pueblos, las tabernas. Tendría que haberme preocupado por seguir la vida laboral de algunos, sus fracasos, el modo en que se ganaron el pan para salir adelante sin liarse los tobillos con la maraña seca que brota por el suelo. Sus costumbres. Su pared.
Para recordar, ahora que estoy clasificando en el orden que puedo; y que no temblarán tanto las ramas más lejanas.
Tendría que haber sabido que cada vez que se pestañea todo desaparece.
Hoy, en el Salón de Actos de la Asociación de Escritores y Artistas de España, en Madrid, se celebra el homenaje al poeta Julio César Navarro, que nos dejó hace un mes, a la edad de 38 años. El evento servirá para presentar su libro póstumo: Todo sigue así. Aquel lunes 12 de enero las aceras seguían blancas tras la copiosa nevada del fin de semana. La iglesia de Santa María Micaela, en Guadalajara, se llenó de familiares, amigos y compañeros que quisimos decirle hasta luego, espéranos allá donde vas, sigue escribiendo poemas, descansa, hasta luego... Hoy, al no poder acudir al acto, quiero dejar mi pequeño homenaje a un hombre sencillo, un poeta que se fue en el mejor momento.