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V I D A    A    I N T E R V A L O S

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20 ABRIL 2008.          HÁBLAME COMO LA LLUVIA

           Escena

« Una habitación amueblada al oeste de la Octava Avenida en la zona central de Manhatan. En una cama plegable está echado un HOMBRE vestido con una camiseta arrugada, despertándose con los suspiros de quien se acostó muy borracho. Una MUJER está sentada en una silla junto a la única ventana de la habitación, vagamente delineado su perfil sobre un cielo preñado de lluvia que todavía no ha comenzado a caer. La MUJER tiene en la mano un vaso de agua que va bebiendo a pequeños sorbos, a sacudidas, como bebería un pájaro. Los rostros de ambos son jóvenes y desmedrados, como los rostros de los niños en un país donde hay hambre. Se hablan con una especie de cortesía, una especie de formalidad afectuosa como la de dos niños solitarios que quieren ser amigos; y, sin embargo, dan la impresión de haber vivido juntos durante mucho tiempo, y de que la presente escena entre ellos es la repetición de una escena tantas veces vivida que su contenido emocional plausible, como el reproche y el arrepentimiento, está totalmente gastado, y no queda nada más que la aceptación de algo irremediablemente inalterable entre ellos. »
            TENNESSEE WILLIAMS: Háblame como la lluvia y déjame escuchar...



15 ABRIL 2008.          MIGRACIONES DE LIBROS

     Hay libros migratorios. Libros que emprenden su ruta silenciosa y te acompañan siempre. Te acompañan con el café, en las tardes de inquietud, en los trayectos en tren, o en esa alegría que revolotea a veces en la floresta del alma.

Siempre supone un gozo regresar al universo de Paul Auster (Nueva Jersey, 1947). Hoy releo, con la emoción de la primera vez, El Palacio de la Luna, una de sus mejores novelas. La crítica ha dicho:  “Un magnífico retrato del alma secreta del hombre urbano"  (El País). “Una de las novelas más completas, elegantes, refinadas e inteligentes de los últimos años” (La Vanguardia). “Pertenece al club de las novelas que desearíamos no terminar de leer nunca"  (Justo Navarro).

     El joven Marco Stanley Fogg nos cuenta la historia de su vida. El siguiente pasaje es de una belleza conmovedora. El poder terapéutico del amor.


     «Yo había saltado desde el borde del acantilado y justo cuando estaba a punto de dar contra el fondo, ocurrió un hecho extraordinario: me enteré de que había gente que me quería. Que le quieran a uno de ese modo lo cambia todo. No disminuye el terror de la caída, pero te da una nueva perspectiva de lo que significa ese terror. Yo había saltado desde el borde y entonces, en el último instante, algo me cogió en el aire. Ese algo es lo que defino como amor. Es la única cosa que puede detener la caída de un hombre, la única cosa lo bastante poderosa como para invalidar las leyes de la gravedad.»


02 ABRIL 2008.          ACUARELA

Un claustro en soledad. Todo el recinto
del silencio atrapado en la acuarela.
Escribo desde ti, desde la sed
que se agolpa en la carne de los versos,
expectante libélula posada
en el alambre de tu voz. La sed...
Un claustro. Y esta lluvia.
Los mudos soportales hoy contemplan
el arco del recuerdo,
la fuga de los ángulos:
geometría en equilibrio. Hoy
sigues presente en cada piedra, en cada columna.
El hilo de la luz, telar de sueños...
Y esta lluvia.


© Ana Isabel Trigo Cáceres  /  marzo-abril 2008


01 ABRIL 2008.          ÚLTIMOS DÍAS DE UNA CASA

     Me viene a la memoria el libro Últimos días de una casa, de la poeta cubana Dulce María Loynaz, que hoy rescato de una balda de la librería:


No sé por qué se ha hecho desde hace tantos días
este extraño silencio:
silencio sin perfiles, sin aristas,
que me penetra como un agua sorda.
Como marea en vilo por la luna,
el silencio me cubre lentamente.

Me siento sumergida en él, pegada
su baba a mis paredes;
y nada puedo hacer para arrancármelo,
para salir a flote y respirar
de nuevo el aire vivo,
lleno de sol, de polen, de zumbidos.
 
Nadie puede decir
que he sido yo una casa silenciosa;
por el contrario, a muchos muchas veces
rasgué la seda pálida del sueño
–el nocturno capullo en que se envuelven–,
con mi piano crecido en la alta noche,
las risas y los cantos de los jóvenes
y aquella efervescencia de la vida
que ha borbotado siempre en mis ventanas
como en los ojos de
las mujeres enamoradas.

[...]

     Un hermoso poemario a través del cual asistimos al deterioro de una casa que nos habla, que nos recuerda sus años de feliz y humana compañía, y nos cuenta la tragedia de su abandono, su silencio, su soledad.



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