Dicen que soy como una ardilla: mis andares cortos y ligeros despistan al depredador del bosque.
Mis ojos son color avellana, opacos en los días tristes: a algunas personas les parece que se fueran a romper como una nube colmada de humedad.
Soy observadora y no hablo en exceso; pero mi sonrisa es franca, color carmín.
Una vez al bimestre visito la peluquería. Mi cabello tiene vocación de dibujante, trazando siempre ondas castañas.
Me gustan los sombreros y las boinas para el invierno; y las horquillas y los pañuelos los días de mar.
Mis manos y mis pies son fríos: alguna vez provocan quejas dentro de las sábanas.
Tengo la rúbrica de dos cicatrices: la blanca línea del horizonte sobre una ceja y la sed de un cuchillo en el pliegue de una mano.
Las heridas del alma, en cambio, son muy distintas...
Busco el calor y amo el silencio. Me gusta bailar con los ojos cerrados y escribir poemas en la cama cuando estoy enferma.
He descubierto que me apasionan los abrazos, la elegancia natural, la discreción y las personas intuitivas que me comprenden sin necesidad de palabras.
Y, sin embargo, soy una desconocida en el espejo... una desconocida que sólo quiere morirse algún día habiendo amado mucho.